El 11 de julio de 2010 la Selección Española se coronó campeona del Mundo en el Estadio Soccer City de Johannesburgo. Mañana se cumple una década de ese acontecimiento.

España y su historia. Siempre a la espera. Siempre viendo por debajo a los más grandes. Esa sensación de potencial para estar en lo más alto pero que históricamente no hemos conseguido llegar. Parece un mal endémico de este país. Solo tenemos que repasar la historia para corroborar este hecho.

Durante siglos romanos, cartagineses o musulmanes estaban ahí, siendo auténticas potencias en sí. Los habitantes de la Península Ibérica se mantenían en su segundo plano. Con una tierra rica en cualquier producto y con grandes ciudades, los nativos de ese territorio no conseguían ser una potencia más. Pero en un punto del tiempo se consiguió. Tras el descubrimiento de América y la llegada de Carlos I supuso el crecimiento territorial y económico. Jamás antes España estuvo en esa posición de poder. Y jamás volvió a estarlo. Pequeños brotes que no acababan de germinar y volvíamos a la sombra de otros superiores que sí supieron hacer las cosas bien y tener una estabilidad en el tiempo.

Con nuestro fútbol pasa igual. Nunca hemos tenido una selección mala. Siempre se le puso el adjetivo de ser muy competitiva. Pero nunca favorita. Porque, aunque Italia o Alemania llegasen jugando peor tenían ese gen ganador. Y España era la perdedora. La que mordía el polvo por su culpa o por mala suerte. La que caía jugando horrible y jugando como los ángeles. Pero hay un punto en la historia en la que todo cambia. Corría el final de los años 2000 cuando Luis Aragonés presentó su revolución. Jóvenes de gran talento acompañados de un estilo que comenzó a despuntar: el toque, la posesión inteligente, el tiki taka. Ya no eramos solo la Furia. Eramos la Roja. Ya no éramos competitivos. Éramos dominadores. Ya no perdíamos. Ya ganábamos .

Del Bosque sabía que lo que estaba por venir era muy grande. Continuó esa revolución y llegó al Mundial de 2010, por primera vez en su historia, como favorita. Las tendencias habían cambiado. Y eso que no se empezó con buen pie. El fantasma del pasado siempre rondaba. Pero el 11 de julio Iniesta nos colocó al frente de los más grandes. La potencia de entre las potencias. Una estrella que valía un Potosí. Y hoy, 10 de julio de 2010 vivíamos esos fantasmas. Había temor de que en el final del túnel nos pasara lo de siempre. Contra los Países Bajos. Históricamente, un rival de aquellos siglos XVI y XVII. Pero la moneda calló esta vez al lado de los españoles.

Una situación que antes jamás se vivió y que se prolongó con una Eurocopa más en 2012. Pero se notó el desgaste de esos años de delirio futbolístico nacional. Dejaron de temernos. No nos volvimos a revolucionar como en 2008. Confiábamos en ese núcleo campeón que necesitaba un cambio. Pero no encontrábamos jugadores de ese nivel de excelencia. Porque quizás no vuelva a haberlo nunca más. Porque quizás tenemos que volver a ser la Furia en vez de la Roja. Igual así volvemos a retomar el camino de la grandeza. O no. Quién sabe. Eso sí, podremos decir que nosotros vimos como nuestro país fue grande por primera y última vez (hasta ahora) en su historia futbolística.

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