Muchas son las ocasiones que lo extraordinario suple a lo normal en el fútbol y algunos lo llaman suerte, aunque en realidad no se trata de suerte.

El fútbol, como buen deporte mediático que se ha convertido con el paso de las décadas, está plagado de tópicos. Eso no es algo nuevo que os esté mostrando en estos momentos. Ni nada innovador. Dentro del argot de palabras, enunciados u oraciones que usamos los futboleros, encontramos una especial por lo que significa: la suerte. Dependiendo del lado en el que se encuentre un aficionado, es un vocablo que reluce o que es más gris que el cielo de una tormenta en verano. O te sonríe o te ajusticia. Este último grupo acuña el término «mala suerte». Aunque ese es otro tema.

La situación es la siguiente. Concretamente han pasado diez días desde que el Sevilla levantó su sexta Europa League al cielo de Colonia. Un título más que alarga la leyenda. Un campeonato más que pone en tela de juicio el trabajo de toda la temporada. El por qué de esto último es de nuevo la maldita suerte. Y es que va acoplada a todos los trofeos europeos de los rojiblancos. Ustedes, buenos e ilustres seguidores del deporte de la patada al balón, sabréis de algunos ejemplos. El cabezazo de Palop o M’Bia, las deudas de Málaga y Rayo que permitieron la clasificación a la Liga Europa en la 2012/13, la tanda de penaltis contra el Betis o el Athletic, la salvada en cuartos contra el empate del Zenit de San Petersburgo y un buen etcétera. Esta última o iba a ser diferente. Un portero suplente y defenestrado que se convierte en héroe salvador contra Wolves y Manchester, un delantero gafado y protagonista de memes/cachondeo siendo decisivo o una chilena que igual se marchaba a fuera y el delantero del equipo rival introdujo en redes propias.

Dentro del análisis de la merecida conquista del equipo de Nervión en Alemania no podía dejar pasar todas incidencias. Unas incidencias que han significado parte del triunfo y no podían ser desechadas. Pero no es la primera ni la última vez que pase. No es algo espontáneo, ha ocurrido en más ocasiones. Por lo que ahí la pregunta, ¿es justo llamarlo suerte?

Después de un tiempo pensando, creo que no. La suerte es para aquellos que en una ocasión son capaces de hacer lo impensable. Es decir, lo que no suele pasar supera a esa normalidad. Y por eso la suerte es un tópico. Al igual que el «partido a partido», el «no hay rival pequeño» o el «no hay nada imposible». Esta última frase, usada en muchas remontadas que parecen ilógicas que puedan ocurrir, aparece para aumentar los ánimos. Aunque, la verdad, todos sabemos que la posibilidad de que se remonte o se gane a un rival superior es mínima. Pero cuando se produce, se puede llamar suerte. Eso sí, no quiero desprestigiar el trabajo físico, táctico y deportivo que hay detrás. Pero seamos realistas, la suerte es importante.

Sin embargo, si se repite tanto igual no es suerte. Sorprende sobreponerse a las adversidades siendo el inferior o el que está a punto de palmarla en el encuentro. Pero ya no tanto. Porque cuando Bono frenó a los «red devils» una y otra vez, sabía que el Sevilla ganaría ese partido. Porque te lo esperas. Porque la historia vuelve a repetirse. Quizás nuestra lengua no tenga un vocablo adecado para esto. Lo más cercano que existe es la «suerte del campeón». Me parece un término muy vago, sobre todo si aparece de nuevo la «suerte». A veces usamos figuras más literarias o metafóricas para referirnos a esto. El «aura» por ejemplo. En lo personal me gusta más. Pero lo considero muy simple para definir algo intrínseco en un club ligado al éxito, ya sea al reciente o al pasado.

Igual deberíamos hacer como Stephen King y su obra It. El título hace referencia a la criatura antagonista que no tiene una explicación lógica de existencia. Por ello le acuñó el simple nombre de Eso. Pero, al igual que con la suerte, la gente denomina a su criatura «el payaso». Pero eso solo es una de las formas que adopta. It es mucho más que un tipo disfrazado de bufón. Trasciende lo físico e incluso lo intangible. Algo así nos ocurre con nuestra «surte de campeón».

El deporte trae muchos casos así. Michael Jordan y su tiro en las finales de la NBA en el 98 contra Utah Jazz. Y sí, el talento que tiene es el más estratosférico de la historia del baloncesto. Pero, ¿un tiro de entre cinco y seis metros, bastante arriesgado que solo vale dos puntos, cuando has dejado sentado a tu rival y podías haber seguido hasta el aro y no tomar tantos riesgos? ¿Y Bryon Russell, que sabe que delante suya está el mejor de todos los tiempos, en vez de aguantarle hace un movimiento extraño y se escurre? Claro que el crossover del 23 es una maravilla, también te digo.

El 4-0 de Anfield donde los pupilos de Klopp dejaron a Messi en la estacada de la final de la Champions. O el mismo Barcelona anotando siete goles para levantar una eliminatoria contra el PSG. Uno parisinos dirigidos por Unai Emery, técnico de otros tres golpes de campeón del Sevilla de la «suerte». Momentos extraordinarios que quedan en la memoria. Pero que te los hueles aunque sea una mínima posibilidad. Y te lo llegas a creer, aunque te sorprendan. Porque hay algunos que tienen ese aura y a otros se les aparece en un momento dado para después esfumarse. Y no volver más hasta sabe Dios cuando. Ese aura es una alivio cuando se sabe que está ahí y una condena para los rivales que conocen que, en el instante menos esperado, tiene su entrada triunfal ante los focos.

Y mientras la RAE es capaz de encontrar un palabra que se adapte a toda la tralla que he dado con este artículo, ese Eso de la suerte del deporte lo seguiré llamando «aura» por el misticismo de su significado.

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