A 25 de enero de 2026
El Sevilla necesitaba algo más que tres puntos ante el Athletic; necesitaba un gesto de identidad, un recordatorio de quién es y de dónde viene. Y lo encontró donde siempre ha encontrado refugio en los momentos de mayor desnudez: en su cantera.
No fue un partido brillante, ni un ejercicio de virtuosismo técnico, pero sí una exhibición de orgullo competitivo, de resistencia y de una convicción que hacía tiempo no se veía en Nervión. El equipo terminó el encuentro con Juanlu, Carmona, Castrín, Kike Salas y Oso en la línea defensiva, más Manu Bueno por delante. Una fotografía que parecía sacada de otra época, de un Sevilla que aún no se había acostumbrado a vivir entre finales europeas y plantillas de relumbrón. Y, sin embargo, fue precisamente esa vuelta a lo esencial lo que sostuvo al equipo en una noche donde el Athletic corrió más que jugó, pero nunca encontró la manera de romper el muro sevillista.
Juanlu fue el ejemplo más visible de esa reivindicación. Exhausto, valiente, atrevido, con errores y aciertos, pero presente. Llevar el brazalete no fue un premio simbólico. Carmona, por su parte, firmó uno de esos partidos que no salen en los resúmenes pero que ganan puntos: secó a Nico Williams, lo obligó a jugar incómodo y le negó los metros donde suele hacerse imparable. Kike Salas jugó como si cada balón fuera una deuda personal, con casta, con coraje, como dice su himno. Firme, agresivo, dominante por arriba, con esa mezcla de raza y convicción que convierte a un defensa en algo más que un defensa. Castrín, pese a su inexperiencia, no se arrugó en ningún momento, despejó con criterio y sostuvo su zona con una madurez impropia de su edad. Y Oso, en los pocos minutos que jugó siempre estuvo generoso, siempre útil, aportó piernas, ayudas y una lectura inteligente en los instantes más calientes del partido.
Isaac Romero, aunque menos brillante , junto a Akor Adams, volvió a dejar entrega y trabajo . Manu Bueno entró en un contexto imposible, con el partido convertido en un torbellino, y aun así cumplió en lo que tocaba: cerrar líneas, resistir, sobrevivir. Ninguno de ellos fue perfecto, pero se les vio alma, interés en sacar al Sevilla FC de la situación en la que se encontraba. Y eso, en un equipo que ha vivido meses de desconexión emocional, tiene un valor incalculable.
El triunfo también llevó la firma de otros nombres. Peque, con un gol que cambió el partido, volvió a demostrar que su adaptación a Primera no es casualidad. Akor Adams, tosco pero decisivo, marcó un penalti que pesaba toneladas y sostuvo a los centrales del Athletic en un duelo físico de los que dejan agujetas. Agoumé firmó un partido de altísimo nivel competitivo, ganando duelos, imponiendo ritmo y aportando una presencia que el centro del campo necesitaba desesperadamente.
Pero más allá de las notas individuales, lo que definió este partido fue la sensación de que el Sevilla, por fin, volvió a competir como un bloque. No hubo concesiones, no hubo desconexiones, no hubo esa fragilidad que tantas veces ha condenado al equipo esta temporada. Hubo alma. Hubo orgullo. Hubo un equipo que decidió que ese partido no se perdía, aunque el fútbol no acompañara, aunque las piernas temblasen, aunque el rival apretara.
Este triunfo no arregla la temporada, pero sí marca un punto de inflexión emocional. El sevillismo descubrió que aun quedan esperanzas. Que ante un Sevilla desolado, sin gol, sin dinero para fichar, con una dirección desastrosa, aun puede confiar en la cantera, cosa que no había ocurrido en partidos anteriores.
No todos serán estrellas, y muchos los hemos criticado, pero ayer compitieron con coraje. La cantera debe saber que la identidad no se compra, se construye. Y que, en un año de turbulencias, volver a los orígenes puede ser la única brújula fiable.
El Sevilla ganó tres puntos y lo hizo esencialmente gracias a los suyos, a los que llevan años esperando una oportunidad para demostrar que, cuando el club los necesita, ahí están. Confiemos en su continuidad






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