17 marzo, 2026

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FC Barcelona 5-Sevilla FC 2. El Sevilla sigue siendo de cristal

A 15 de marzo de 2026

El sevillismo volvió a vivir una tarde dura en el Spotify Camp Nou, una de esas que dejan un poso amargo y la sensación de que el equipo se rompe con demasiada facilidad. El 5-1 final no solo refleja la superioridad del Barcelona, sino también la fragilidad de un Sevilla que, pese a un inicio valiente y algún destello de orgullo, se desmoronó en cuanto llegaron los golpes. La frase que mejor define lo vivido la pronunció un analista: “El Sevilla sigue siendo de cristal”, y el partido lo confirmó desde muy temprano.

El encuentro comenzó con un Sevilla atrevido, presionando arriba y buscando la banda de Oso y Suazo. En el minuto 2, ya forzó una falta lateral peligrosa, y en el 13 y 14, Oso tuvo dos acercamientos que pudieron cambiar el guion si hubieran encontrado rematador. El equipo estaba vivo, valiente, con intención. Pero todo se vino abajo en un suspiro.

En el minuto 7, Cancelo cayó dentro del área y Martínez Munuera señaló penalti. Tres minutos después, en el 9, Raphinha transformó la pena máxima con un Panenka que dolió más por la frialdad que por el gol en sí. El Sevilla no supo gestionar el golpe, y lo peor estaba por llegar.

En el minuto 17, Cancelo recortó dentro del área y el balón golpeó en la mano de Carmona. El VAR llamó al colegiado, y en el 19, se señaló el segundo penalti. Otra acción evitable. Otra desconexión. Raphinha hizo el 2-0, y el Sevilla quedó tocado, sin estructura y sin capacidad de reacción. Aun así, en el minuto 21, Nianzou evitó el tercero con un corte providencial, pero era evidente que el equipo sufría cada vez que el Barça aceleraba.

El minuto 24 dejó una volea alta de Lewandowski, y en el 27, Vlachodimos despejó un centro peligroso de Roony. El Sevilla sobrevivía como podía, pero en el 38, llegó el 3-0: Dani Olmo remató un centro raso de Bernal tras una transición mal defendida. El Sevilla estaba hundido, sin orden, sin respuesta.

Y sin embargo, justo antes del descanso, llegó el único rayo de luz. En el 45+3, Oso marcó el 3-1, cruzando un buen remate tras centro de Juanlu. Un gol de orgullo, de insistencia, de creer cuando nadie más creía. Ese tanto dio la sensación de que, con un poco de orden, el equipo podía engancharse al partido.

Pero la segunda parte  entraron Maupay, Vargas y Ejuke por Akor Adams, Carmona y Suazo, pero lo que resultó fue un baño de realidad que rompieron por completo la estructura del equipo. El Sevilla se llenó de mediapuntas, perdió músculo, perdió recuperación y perdió cualquier posibilidad de competir. En el 50, Raphinha completó su hat-trick con un disparo que tocó en Gudelj. Y en el 60, Cancelo firmó el 5-1 tras un recorte dentro del área que dejó en evidencia la falta de contundencia defensiva.

A partir de ahí, el Sevilla fue un equipo sin alma. En el 61, Ejuke buscó un centro sin peligro. En el 67, Joan García  evitó el gol tras un derechazo de Ejuque . En el 72, volvió a salvar un mano a mano ante Vargas. Pero el Sevilla ya no estaba en el partido. Ni Maupay, ni Vargas, ni Ejuke cambiaron la dinámica. El equipo estaba roto desde hacía rato.

Mientras tanto, el Barcelona vivía su fiesta particular: en el 81, regresó Gavi tras 204 días, recibiendo una ovación ensordecedora. En el 83, Lewandowski falló un mano a mano. En el 90+2, Sow marcó el segundo del Sevilla… pero fue anulado

La sensación final es dura y repetida: cada error del Sevilla es un gol en contra, cada desconexión se convierte en un drama, y cada partido grande parece una montaña imposible. El equipo no compite, no sostiene, no intimida. Y lo más preocupante: no transmite la sensación de que pueda reaccionar.

El sevillismo, que vio un rayo de esperanza en el gol de Oso, se marchó con la certeza de que el problema es profundo. No es un mal día. No es un accidente. Es un patrón. Y mientras no se recupere la solidez, la identidad y la confianza y la solidez defensiva, partidos como este seguirán repitiéndose.