12 de enero de 2026
El Sevilla FC llega al cierre de la primera vuelta con el depósito en reserva y una lista de ausencias destacable. El duelo ante un Celta sólido fuera de casa aparece como un examen incómodo, casi cruel,.
La realidad es tozuda: si el Sevilla pierde, quedará a solo tres puntos del descenso, una situación que hace apenas unos años parecía impensable. Pero el fútbol no entiende de inercias pasadas, y la plantilla actual, mutilada semana tras semana, obliga a Matías Almeyda a reinventarse en cada jornada.
A las lesiones de Alfon, Azpilicueta y Suazo, se suman ahora Marcao, sancionado, Akor y Ejuke, concentrados con sus selecciones en la Copa África y Alexis, duda hasta última hora.
Es un escenario que no solo limita las rotaciones: desnaturaliza la idea de equipo. Almeyda ha tenido que recurrir a soluciones de emergencia, a futbolistas fuera de posición y a un once que cambia más por obligación que por convicción.
En este contexto, la figura del técnico argentino emerge con una mezcla de serenidad y realismo. En rueda de prensa, Almeyda insistió en la importancia de mantener la calma: “Es bueno tener tranquilidad. La igualdad en el torneo es mucha”. “La tranquilidad no lo es todo, pero es importante”.
No es una pose. Es una declaración de principios. Almeyda sabe que no puede pedir lo que la plantilla no puede dar, y el sevillismo, que no es ingenuo, reconoce ese esfuerzo. La grada valora que el entrenador esté exprimiendo cada recurso disponible, incluso cuando el equipo se sostiene con alfileres.
A día de hoy, el Sevilla no está para grandes discursos tácticos ni para exigir un fútbol brillante. Está para resistir. Y en esa resistencia, Almeyda está siendo más importante de lo que parece.
Su mayor mérito no es ganar partidos, sino evitar que el equipo se descomponga en un momento en el que cualquier otro vestuario habría estallado. El problema no es de actitud ni de trabajo: es de estructura y profundidad de plantilla. Y eso no lo arregla un entrenador, lo arregla un club.
El partido ante el Celta no es una final, pero sí un termómetro emocional. Una derrota encendería alarmas; una victoria daría oxígeno. Pero, pase lo que pase, la lectura es clara: el Sevilla necesita refuerzos y necesita tiempo, y mientras tanto, Almeyda está haciendo exactamente lo que debe hacer un técnico en medio de la tormenta: mantener la calma para que el barco no zozobre.

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