A 23 de marzo de 2026
La destitución de Matías Almeyda no es más que el último síntoma de una enfermedad mucho más profunda que lleva años extendiéndose por Nervión. El argentino se marcha con un mensaje elegante, agradecido y respetuoso, pero su salida vuelve a poner el foco en un diagnóstico que ya nadie puede ignorar: el Sevilla FC está atrapado en una crisis institucional provocada por una cadena de decisiones erráticas de sus dirigentes. Y mientras el banquillo cambia, el club sigue hundiéndose en un modelo de gestión que hace tiempo dejó de funcionar.
La derrota ante el Valencia fue la gota que colmó el vaso, pero el problema no nació ahí. Almeyda asumió un proyecto que ya venía fracturado, con una plantilla descompensada, un club dividido en sus órganos de poder y una afición cada vez más desconectada de quienes dirigen la entidad. Su salida no sorprende a nadie, porque en el Sevilla actual los entrenadores son fusibles, pero los responsables de la deriva siguen en sus puestos.
Desde hace meses, voces autorizadas del entorno sevillista alertan de un club desnortado, sin rumbo y sin un plan deportivo coherente. La gestión de José María del Nido Carrasco y José Castro ha sido señalada repetidamente por su incapacidad para frenar el declive. Las decisiones impulsivas, los cambios constantes de proyecto y la falta de estabilidad han convertido al Sevilla en una sombra del club que hace apenas unos años competía en Champions y levantaba títulos europeos.
La salida de Almeyda se produce en un contexto en el que la dirección deportiva tampoco escapa a la crítica. La reconstrucción del pasado verano, presentada como un nuevo comienzo, ha resultado ser un parche más en un club que acumula errores de planificación. El propio Juan Cala, en su mensaje reciente, reconoció que el equipo está “bloqueado” y que la caída ha sido total, pero evitó señalar directamente a quienes tomaron las decisiones que han llevado al Sevilla a este punto. La autocrítica existe, sí, pero no alcanza a los niveles donde realmente se gestó el problema.
Mientras tanto, el club se aferra a la llegada de Luis García como si fuera la solución milagrosa. Un entrenador acostumbrado a lidiar con equipos en apuros, pero que aterriza en un Sevilla que no solo necesita puntos: necesita estructura, coherencia y liderazgo. Su misión será sumar entre diez y doce puntos para asegurar la permanencia, pero su reto real será sobrevivir en un ecosistema desgastado y lleno de tensiones internas.
La realidad es que el Sevilla FC vive una de las crisis más profundas de su historia reciente. No es solo deportiva: es económica, institucional y emocional. La afición, cansada de excusas y promesas vacías, observa cómo el club se aleja de la élite para a duras penas intentarse quedar en la «Primera División»La distancia entre la grada y el palco nunca fue tan grande.
Almeyda se marcha con dignidad, dejando claro que lo dio todo. Pero su salida no arregla nada. El problema no estaba en el banquillo, sino en los despachos. Y mientras los dirigentes sigan sin asumir su responsabilidad, el Sevilla seguirá caminando hacia un abismo que ya no es una amenaza: es una realidad que se acerca peligrosamente.






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