A 21 de enero de 2026
La noticia corrió por Sevilla como corren las cosas que duelen: deprisa, sin pedir permiso, atravesando barrios, hermandades y peñas. Fernando Huerta Jiménez, un joven maquinista sevillano de 27 años, había fallecido en el accidente ferroviario de Gelida, en Barcelona. Un desprendimiento provocado por el temporal hizo que un muro de contención cayera sobre la vía y descarrilara el tren de Rodalies en el que él viajaba en cabina. Era un trayecto rutinario, un turno más en su formación, un paso hacia el futuro que llevaba años soñando. Y, sin embargo, fue el último.
En Sevilla, su nombre no era uno más. Fernando era hermano de la Esperanza Macarena, sevillista desde niño y miembro activo de la Peña Triana Fans. Tres identidades que no se llevan como medallas, sino como raíces. En la Basílica, las campanas repicaron con un tono que no necesita explicación. En Nervión, el club expresó su pesar recordando que aquel muchacho había crecido en las gradas, en los goles, en las noches europeas que marcan para siempre. En su barrio, Pino Montano, el Ayuntamiento decretó un día de luto. Y en las redes, en los grupos de WhatsApp, en las conversaciones de bar, su nombre se repetía con la mezcla de incredulidad y ternura que solo despiertan los que se han hecho querer.
Fernando había llegado a Barcelona para completar su formación como maquinista. Era su vocación desde pequeño: conducir trenes, sentir el país avanzar desde la cabina, entender el lenguaje de los raíles. Había trabajado antes en una empresa privada, pero Renfe era el destino que esperaba con ilusión. Quienes lo conocían hablan de un joven alegre, comprometido, disciplinado, de esos que contagian ganas de hacer las cosas bien. En la cabina viajaba con otros tres compañeros. Ellos resultaron heridos. Él no sobrevivió.
La ciudad, que sabe llorar junta, lo ha sentido como una pérdida propia. Porque Fernando representaba algo muy sevillano: la pasión vivida sin medias tintas. La que se canta en un gol, se reza ante la Virgen o se persigue en un sueño profesional. Su muerte ha dejado un silencio extraño, de esos que no se llenan con palabras, pero sí con memoria.
Quizá la mejor forma de recordarlo sea imaginarlo en un tren que no descarrila, que avanza firme, que atraviesa túneles y campos y ciudades sin detenerse en Gelida. Un tren que sigue su ruta hacia un horizonte donde la luz, esa luz que tantos han invocado por él, no se apaga nunca. Fernando Huerta Jiménez, sevillano, macareno, sevillista, maquinista. Un joven cuya vida fue breve, pero cuyo paso dejó una huella que Sevilla no olvidará.






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