A 8 de febrero de 2026
El Ramón Sánchez-Pizjuán vivió una tarde de emociones extremas, de esas que explican por qué el fútbol es un deporte capaz de llevar a un estadio entero del enfado a la euforia en cuestión de segundos. El Sevilla, necesitado de puntos y de autoestima, logró rescatar un empate agónico ante el Girona (1-1) en un partido que terminó convertido en un torbellino emocional.
El encuentro, reprogramado tras la suspensión por el temporal, comenzó torcido para los de Almeyda. Apenas habían pasado dos minutos cuando Thomas Lemar, completamente solo en el área, aprovechó un desajuste defensivo, como va siendo lo normal en esta temporada, para batir a Vlachodimos con un disparo raso. El 0-1 cayó como un jarro de agua fría en Nervión, que ya venía crispado y que despidió la primera parte con cánticos contra la directiva.
El Sevilla, falto de ideas y precisión en los primeros 45 minutos, solo encontró algo de oxígeno en acciones aisladas: un disparo de Carmona, una volea desviada de Peque y un par de intervenciones de Vlachodimos que evitaron un daño mayor. El Girona, cómodo, manejaba el ritmo y amenazaba cada vez que Bryan Gil o Tsygankov encontraban espacios.
Ante esta mala primera parte del Sevilla FC, sin ideas y sin apenas peligro, Almeyda agitó el árbol en el descanso con un triple cambio: Juanlu, Oso y Ejuke entraron para cambiarle la cara al equipo. Y lo consiguieron. El Sevilla ganó metros, energía y presencia ofensiva. Primero avisó Gudelj con un disparo potente desde la frontal. Luego Oso tuvo dos ocasiones clarísimas: una, tras una gran jugada de Ejuke y otra, en un rechace que Gazzaniga atrapó con seguridad.
El Girona, cada vez más replegado, buscaba sentenciar a la contra. Tsygankov rozó el 0-2 con un disparo lejano que se marchó por encima del larguero. Pero el Sevilla ya jugaba con el corazón por delante.
El tramo final fue un asedio rojiblanco. Maupay rozó el empate en el 85, y Ejuke lo intentó sin ángulo en una acción individual. El público empujaba, el equipo insistía… y el premio llegó en el 90+2: Kike Salas, canterano y símbolo de la resistencia sevillista, cazó un balón suelto en la frontal, que perdió un jugador del Girona y soltó un zurdazo imparable que se coló pegado al palo. Un golazo que desató la locura en Nervión.
Pero aún quedaba drama.
En el 90+5, Suazo cometió un penalti tan claro como evitable. Stuani, recién ingresado, tomó el balón para ejecutar la pena máxima. El silencio se hizo en el Sánchez-Pizjuán y luego los silbidos acompañaron el lanzamiento. El uruguayo lanzó fuerte y raso… pero Vlachodimos, héroe inesperado, adivinó la dirección y detuvo el disparo. El estadio estalló como si fuera un gol.
El empate, visto lo visto, supo a victoria para un Sevilla que fue de menos a más y que encontró en su portero y en su cantera el salvavidas que necesitaba. El Girona, sólido durante gran parte del encuentro, se marchó con la sensación de haber dejado escapar dos puntos en el último suspiro.
Un partido que empezó gris, y decepcionante para la grada sevillista, continuó tenso y terminó siendo una montaña rusa emocional. Nervión, por fin, volvió a latir y el Sevilla FC rescató un punto que, visto lo visto pudiera ser importante.






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