A 23 de abril de 2026
El Sevilla volvió a firmar un partido desesperante, de esos que dejan la sensación de que el equipo no compite al nivel que exige la situación. En el Ciutat de València, el conjunto nervionense repitió todos sus males: dominio inútil, errores groseros, falta de carácter y una fragilidad que ya no sorprende a nadie.
Desde el inicio, el Sevilla mostró una versión blanda, sin ritmo y sin intención real de hacer daño. El penalti señalado a Gudelj en el minuto 4, y posteriormente anulado por el VAR, fue el primer aviso de que el equipo entró al partido dormido. El Levante necesitó muy poco para generar peligro, mientras que el Sevilla, pese a tener la pelota, no sabía qué hacer con ella. Posesión vacía, pases horizontales y cero profundidad. Un primer tiempo muy muy pobre.
El gol de Iván Romero en el minuto 38 fue la consecuencia lógica de esa pasividad. Una jugada mal defendida, con Olasagasti avanzando sin oposición y un Sevilla mirando, terminó en una volea que retrató a toda la línea defensiva. Un gol que no solo abrió el marcador, sino que dejó en evidencia la falta de intensidad y concentración del equipo. Un primer tiempo muy muy pobre del Sevilla FC
En la segunda parte, el Sevilla intentó reaccionar, pero fue un espejismo. Entraron Gerard, Alexis y Ejuke, pero el equipo siguió siendo un conjunto previsible, sin colmillo y sin alma. Ryan apenas tuvo que intervenir. El Sevilla acumulaba centros al área como quien tira monedas a un pozo, esperando un milagro que nunca llega.
El momento clave llegó en el minuto 81, cuando el árbitro señaló penalti por mano de Pablo Martínez. Era la oportunidad de meterse en el partido… pero el VAR volvió a aparecer para anularlo. Segundo penalti que se esfuma, segunda bofetada emocional para un equipo que ya estaba al borde del colapso. Y, como tantas veces esta temporada, el Sevilla se desmoronó.
El 2‑0 en el 90+4 fue la imagen perfecta del desastre: un contragolpe mal defendido, un equipo partido en dos y Arriaga regalando el gol a Iván Romero ante una defensa que ya ni corría. Un final indigno para un equipo que se juega la vida.
Los nombres propios tampoco se salvan. Agoumé y Sow perdieron duelos clave, Manu Bueno estuvo superado, Kike Salas sufrió hasta lesionarse, y arriba no hubo ni rastro de peligro real. Ejuke fue el único que aportó algo distinto, pero demasiado tarde y demasiado solo. Vlachodimos evitó un marcador mayor, pero no puede sostener al equipo él solo.
El Sevilla volvió a mostrar un patrón que ya es rutina: domina sin hacer daño, defiende mal, se hunde ante la adversidad y carece de personalidad en los momentos decisivos. La derrota no solo es un golpe clasificatorio, es un aviso brutal: jugando así, la permanencia no está en riesgo… está en serio peligro.






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