El histórico capataz recuerda sus vivencias al frente de los pasos, los inicios de la hermandad y el cariño de un barrio que marcó su trayectoria personal y cofrade
Hay personas que dejan huella allá por donde pasan. En el mundo de las cofradías, donde la tradición y los sentimientos van de la mano, Manolo Torres es uno de esos nombres que permanecen en la memoria de quienes han compartido camino con él. Su historia está ligada a los pasos, a los costaleros y, especialmente, a un barrio que terminó convirtiéndose en una parte fundamental de su vida: el Polígono San Pablo.
Torres recuerda con especial cariño los primeros años de la hermandad, cuando la procesión recorría únicamente las calles del barrio y todavía quedaba lejos su llegada a la Carrera Oficial. En aquella etapa, el objetivo era sacar adelante un proyecto que necesitaba del esfuerzo de muchas personas. Uno de los episodios que mejor refleja aquellos comienzos fue el viaje hasta Córdoba, concretamente a la parroquia de San Lorenzo, para recoger en un camión de butano vacío el paso que utilizaría la hermandad durante sus primeros ocho o nueve años.
Aquellos primeros pasos no solo dejaron recuerdos por el esfuerzo realizado, sino también por la respuesta de los vecinos. Manolo rememora las calles estrechas, los balcones adornados con colchas, las macetas y las muestras de cariño de quienes esperaban cada año la llegada de la cofradía. Entre esas imágenes guarda un recuerdo especial de los enfermos que no podían bajar las escaleras y eran acercados a la calle para contemplar la procesión.
Uno de los momentos que todavía conserva en la memoria es el de Don Juan Lérida, que no podía salir de su vivienda. La hermandad detenía el paso frente a su puerta para que pudiera contemplar al Cristo desde una pequeña ventana. Escenas como esta reflejaban la unión entre la corporación y un barrio que encontraba en sus titulares una fuente de esperanza y cercanía.
Una Sevilla que seguía viva en el barrio
Para Manolo, el Polígono San Pablo significó mucho más que una experiencia cofrade. Como él mismo explica, llegó al barrio para aprender, no para enseñar. En sus calles encontró una forma de vivir la Semana Santa que le recordaba a la Sevilla de décadas anteriores, una ciudad que muchos de sus habitantes habían dejado atrás al trasladarse a nuevos barrios.
Según relata, los fundadores de la hermandad consiguieron reunir a personas procedentes de lugares tan ligados a la tradición sevillana como Triana, el Pumarejo, la Macarena o la Puerta Osario. Gracias a aquella mezcla de raíces, el barrio conservó una manera muy particular de sentir las cofradías. «Gracias al Polígono sí la he vivido», viene a resumir al recordar una Semana Santa antigua que él no pudo conocer directamente.
El capataz también destaca el sacrificio que exigía poner en marcha una hermandad. Compaginar el trabajo y la familia con tantas horas de dedicación no era sencillo, pero un grupo de entre quince y veinte personas trabajó sin descanso para sacar adelante el proyecto. En ese camino, Manolo reconoce la importancia de quienes formaron parte de la junta y del apoyo recibido por el párroco, Padre Jesús.
El costalero que disfrutaba bajo las trabajaderas
Su trayectoria también está marcada por los años que pasó debajo de los pasos. Entre sus recuerdos más especiales destaca el paso de misterio de la Sentencia de la Macarena, donde disfrutó especialmente gracias a la cercanía del capataz Miguel Loreto y al compañerismo de la cuadrilla.
Aquellos costaleros pasaban muchas horas bajo las trabajaderas y compartían una relación que iba mucho más allá de la estación de penitencia. Manolo recuerda los relevos menos frecuentes, las largas jornadas y las paradas en las tabernas sevillanas durante los ensayos, donde un grupo de compañeros aprovechaba para compartir un rato antes de continuar.
También conserva la imagen del antiguo mercado de la Encarnación, donde los costaleros de la Macarena recibían comida y caldo durante la madrugada. Eran momentos de convivencia que, en su opinión, han cambiado con el paso de los años.
Otro de los protagonistas de la conversación, compañero de aquellas experiencias, relata que comenzó a salir de costalero después de que Manolo le ofreciera la oportunidad. Su trayectoria se prolongó durante 26 años, hasta que una lesión de espalda le obligó a retirarse.
Un cariño que permanece
El vínculo de Manolo Torres con el Polígono San Pablo continúa presente décadas después. Durante el encuentro, los representantes del barrio le hicieron entrega de un recuerdo como muestra de agradecimiento por su apoyo en los primeros años de la hermandad y por su papel como guía para quienes trabajaban en su crecimiento.
Desde su retirada en el año 2000, Manolo sigue guardando un recuerdo diario de aquella etapa y de las personas con las que compartió tantos momentos. Su testimonio deja una idea clara: las hermandades no se construyen únicamente con pasos e imágenes, sino también con el esfuerzo de quienes las levantan y el sentimiento de los barrios que las hacen suyas.
En el Polígono San Pablo, su nombre permanece ligado a aquellos comienzos. Una historia de sacrificio, compañerismo y devoción que explica por qué, para Manolo Torres, aquel barrio fue mucho más que una hermandad: fue la oportunidad de descubrir una Sevilla que creía perdida.





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