La Rosaleda fue testigo de una de esas noches que explican por qué el fútbol no siempre premia al que más propone. En Málaga, el Málaga CF cayó por 2-3 ante el CD Castellón en un partido que dominó durante muchos tramos, pero que terminó escapándose entre errores puntuales y la inspiración visitante, liderada por un nombre propio: Álex Calatrava.
El guion comenzó como soñaba el conjunto blanquiazul. Dominio, posesión y sensación de control absoluto, traducidos en el primer golpe desde los once metros. Chupe, con la frialdad de los especialistas, transformó un penalti señalado tras mano de Diego Barri, confirmada por el VAR. La Rosaleda empujaba y el Málaga parecía tener el partido exactamente donde quería, manejando los tiempos y minimizando a un rival que apenas había inquietado.
Pero el fútbol, caprichoso como pocas cosas, cambió de dirección en un instante. Un error en salida de balón de Carlos Dotor rompió todo el equilibrio construido, permitiendo que Ousmane Camara encontrara el desmarque de Álex Calatrava, que no perdonó en el mano a mano ante Alfonso Herrero. Fue el primer aviso de lo que estaba por venir: el Castellón no necesitaba dominar para hacer daño, le bastaba con detectar la grieta adecuada.
La segunda mitad mantuvo el mismo patrón inicial, con un Málaga insistente desde la posesión. Sin embargo, ahí emergió la versión más competitiva del Castellón. Lejos de replegarse sin más, el conjunto visitante creció desde la resistencia, convirtiendo la presión rival en su mejor oportunidad para golpear, y lo hizo con una eficacia quirúrgica. Calatrava volvió a aparecer, primero aprovechando una jugada embarullada tras asistencia de Brian Cipenga, y después firmando un remate certero que completaba un hat-trick demoledor.
El 1-3 silenció por momentos a La Rosaleda, que pasó de la confianza a la incredulidad. El Málaga, herido pero no derrotado, encontró un último hilo de esperanza en un cabezazo de Chupe, que recortaba distancias y encendía la posibilidad de una remontada épica en los minutos finales. El empuje fue total, el corazón superó a las piernas, pero el tiempo ya jugaba en contra.
Los minutos añadidos se vivieron con tensión máxima, entre interrupciones, tarjetas y un Castellón que supo enfriar el partido. El pitido final certificó una victoria visitante que castiga la falta de contundencia local y premia la eficacia y el oportunismo, dos caras de un mismo deporte que no siempre responde a la lógica del dominio.
Lo que quedó sobre el césped fue una lección clara: no basta con jugar mejor, hay que saber competir en cada detalle. El Málaga se marchó con la sensación amarga de haber dejado escapar algo que parecía suyo, mientras que el Castellón celebró un triunfo construido desde la inteligencia, la paciencia y el talento diferencial de un jugador que marcó la noche.






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