A 19 de julio de 2026
España volvió a ganar la Copa del Mundo. En Nueva York, en un MetLife Stadium teñido de celeste y blanco, la Selección firmó una final que ya pertenece a la historia del fútbol español. Un partido áspero, interminable, lleno de tensión y de decisiones arbitrales discutidas, que solo se rompió cuando Ferran Torres, en el minuto 106, conectó un disparo que atravesó el alma de Argentina y encendió a un país entero. España es bicampeona del mundo.
La final comenzó con España imponiendo su estilo. La Roja manejó la pelota con autoridad, moviéndola con paciencia, buscando grietas en un rival que se defendía con uñas, dientes y un Dibu Martínez que sostuvo a la Albiceleste durante más de cien minutos. Lamine Yamal, Dani Olmo y Álex Baena fueron un tormento constante por las bandas, mientras Rodri y Fabián gobernaban el centro del campo con una serenidad que contrastaba con la dureza argentina. Tagliafico, Lisandro y Paredes recurrieron al juego físico para frenar a España, y el árbitro Slavko Vinčić permitió que el partido se calentara más de lo debido.
Las ocasiones españolas se sucedieron: Oyarzabal desde la frontal, Nico Williams en carrera, Lamine Yamal en un lanzamiento de falta que obligó al Dibu a volar. Argentina, por su parte, se aferraba a Messi, que cada vez que tocaba el balón encendía a su público, pero sin generar verdadero peligro. La defensa española, liderada por Laporte y Cubarsí, neutralizó cada intento de transición.
El partido cambió de tono en el minuto 92. Enzo Fernández, desbordado por el ritmo español, entró con la plancha sobre Cubarsí. Segunda amarilla. Roja. Argentina se quedó con diez y España olió sangre. Aun así, el Dibu Martínez mantuvo viva a la Albiceleste con paradas de mérito, incluida una estirada monumental a un lanzamiento de Lamine en el 96.
España marcó primero. Nico Williams empujó a la red un balón suelto tras un remate de Merino. Pero el árbitro anuló el gol por una supuesta falta previa del navarro sobre Otamendi. Una acción que nadie vio, que nadie entendió y que elevó la tensión del partido a niveles insoportables. La Roja, lejos de hundirse, se encendió. Y siguió atacando.
La prórroga fue un monólogo español. Argentina ya no podía más. Y en el minuto 106 llegó el momento que ya pertenece a la memoria colectiva. Pedro Porro centró desde la derecha, Nico Williams bajó el balón en el segundo palo y Ferran Torres apareció como un relámpago. Control, zurdazo, escuadra. Gol. Un país entero explotó. España volvía a ser campeona del mundo.
La final se vivió como un acontecimiento global. En Nueva York, la comunidad argentina dominaba las gradas, pero la alegría final fue española. En toda España, miles de aficionados llenaron plazas y avenidas para celebrar una victoria que ya es histórica.
España ganó con justicia. Dominó el partido, generó todas las ocasiones y resistió los golpes arbitrales y la dureza argentina. Argentina, vigente campeona, cayó sin haber realizado ni un solo tiro a puerta en los 90 minutos reglamentarios. La Roja ya tiene dos estrellas. La primera fue de Iniesta. La segunda, de Ferran Torres.






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